martes, 26 de abril de 2011

Antes de que me olvide...

martes 26 de abril de 2011


Antes de que me olvide.

Todas las personas tenemos experiencias a veces impensadas frente a las cosas de la vida. Nadie es igual a otro y eso es bueno, sería demasiado aburrido si no hubiera diferencias.
Hoy les quiero contar en forma de relato una de mis vivencias más importantes, mi última mudanza.



La casa vacía

Hoy he regresado para terminar de guardar las últimas cosas. Hay cajas cerradas cerca de la puerta de entrada. Las ventanas desnudas de cortinas muestran sus vidrios empañados por el frío.

Un pájaro retrasado pasa rozando el techo, rompiendo el silencio con su aletear presuroso.

Las paredes están recién pintadas. Ya no cuelgan de ellas las réplicas del jardín de Monnet y la tejedora anónima.

De pronto me siento cansada y me reclino en mi viejo sillón favorito que en unas horas estará ocupando un lugar en una casa amiga. Siento el peso de los años, es como si estas paredes que nos cobijaron tanto tiempo, de pronto se apoyaran en mi espalda.

Mirando hacia afuera veo el patio desolado, con su césped reseco. No hay flores en los canteros, la reja ha empezado a oxidarse, pese a la pintura reciente.

Los muebles fijos de la cocina parecen mirarme asombrados desde arriba y abajo de la mesada de mármol. Cuantas veces me acompañaron mientras ordenaba sus interiores o preparaba la comida familiar.

Familia. Que palabra cortita y que llena de un contenido esencial que guarda afectos y vivencias. La familia que habitó esta casa ya no está. Solamente he quedado yo para terminar de ordenarla y dejar vacías estas habitaciones, para que otra gente las ocupe. Para que otros pies caminen por sus suelos de cerámica roja. Para que otras manos ordenen objetos ajenos a mí. Otros ojos mirarán por la ventana esperando el regreso de alguien. Otros oídos escucharán el canto de la lluvia en el tejado.

Me invade la sensación de estar guardando los efectos personales de alguien que ha muerto. Cada cosa que toco me trae un recuerdo, una comparación, una sonrisa, una lágrima.

Aquí pasé la mitad de mi vida, luchando por cada uno de los ladrillos que componen este enorme nido hoy vacío. Poniendo en cada rincón un poquito de mí para demostrar mi afecto, para darle calor de hogar.

El único pichón de este nido partió a probar sus alas en otros cielos, lejanos y tal vez promisorios. El ave paterna también se fue, pero antes, a recorrer el espacio infinito con sus alerones bajos y tristes. Solamente yo, he quedado aquí con esta enorme soledad que empieza a habitar la casa vacía.

Ya se han llevado las cajas y los pocos muebles, ahora sí, no queda nada más que el silencio. Con manos temblorosas de nostalgia acaricio las paredes, como despidiéndome. Y salgo. Cierro la puerta con una llave que ya no será mía.

Un cielo gris anunciando nieve me recibe en la vereda, el viento de siempre me despeina una vez más. Doy la espalda a la casa, me voy. He cerrado para siempre una parte de mi vida. Tengo otra etapa por delante y voy a su encuentro…

Esta es una nueva anécdota que escribí para guardar todos los detalles, antes de que se me olviden...
Hasta la próxima.

martes, 19 de abril de 2011

Antes de que me olvide

    Hoy, igual que todos los martes, (día en que publico algo de mis escritos), tengo un tema algo difícil, usar la razón antes que el corazón. Pavada de tema se me ocurre, pero, sucede que siempre hay alrededor de una, gente que tiene desencantos, desilusiones y a veces hasta depresiones por apostar todo a un sentimiento que creyeron de buena fe sería perdurable o por lo menos verdadero. Esta observación me llevó a escribir el texto que sigue titulado:
Resguardar el alma 

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      Cuando los sentimientos nos invaden, es muy difícil poder conducirlos por los caminos de la razón. Es casi lógico que así sea, pero  a veces se pueden manejar.
     No es algo malo o inconveniente tratar de hacer que afloren despacio y a su debido tiempo. Quienes tienen cierta experiencia en relaciones afectivas, tratan de no repetir viejos errores. Sin embargo, los que saben de almas y relaciones dicen que siempre se vuelve al mismo error, más de una vez.
     Conozco gente que ha actuado por impulsos al encontrarse con ese «alguien» especial que alguna vez aparece en nuestra vida de seres humanos imperfectos, y los resultados de esa actitud han sido óptimos. Pero también, hay quienes actuando del mismo modo han caído en el pozo de la decepción, por poco tiempo o para siempre. Entonces el válido preguntarse: ¿Cómo resguardar el alma de la desilusión? Un interrogante difícil de contestar, pero no imposible. Resguardar el alma, no significa cerrar sus puertas y ventanas a toda experiencia nueva, por temor a volver a sufrir. Resguardarla es ponerle un freno de seda a la ilusión, no taparse los ojos ante la nueva posibilidad de amar, dejar que el sabio tiempo vaya poniéndole las notas necesarias a esa nueva melodía que ronda nuestros oídos. Es en definitiva, usar la razón por sobre el sentir, es quererse primero, para que nos quieran después.
     Así de esta manera, que reconozco no es fácil, tal vez no se logre una relación definitiva y feliz, pero sí se logrará mantener la calma. Y si todo sale bien, enhorabuena, si sale mal, nos queda el consuelo de haber sido cautos y cuidar nuestra integridad espiritual más allá de cualquier otro sentimiento.
     Ojalá esto que pienso, le sirva a alguien. Lo escribí resguardando mi alma y se los dejo para reflexión, antes de que se me olvide....



martes, 12 de abril de 2011

Letras del fin del mundo: Antes de que me olvide

Hoy quiero hablar de un tema bastante complejo para ciertas personas. El paso del tiempo, la edad. Sobre todo las mujeres tenemos tendencia a esonderla, muy pocas se atreven a decir cuántos años tienen. El temor de envejecer es en esta época uno de los traumas más generalizados. Todos quieren quedarse jovenes, pero eso es imposible. Hace mucho tiempo se «era viejo» pasando apenas los treinta, es que la longevidad era algo especial, solo para algunos seres tocados por la varita mágica de la suerte. Hoy, eso ha cambiado, de modo tal que se vive muchos años más debido a los adelantos de la ciencia. Estas ideas me llevaron an cierto momento a reflexionar y escribir lo siguiente:
                                                           
                                                              El paso del tiempo

No es solamente mirar el reloj, notar que el tiempo está pasando. Es además esa sensación, que, por supuesto, invade a quienes ya han vivido algunos años y de pronto empiezan a darse cuenta, cuantas cosas recuerdan, cuantas cosas conocen, de que cantidad de temas pueden hablar con cierta propiedad.
     Es entonces cuando caen en la cuenta que el tiempo ha pasado. Y más aún, cuando ese tiempo les pertenece, cuando pueden tomarlo todo y aprovecharlo, malgastarlo o simplemente vivirlo.
     Son esos momentos en los que se ve que muchas metas se han cumplido y  otras no, ni siquiera figuraron en la lista.
     Esos momentos en los que uno vuelve a reencontrarse con quien fue alguna vez. O, recupera la sombra de una imagen propia que se soñó allá a lo lejos. En esta instancia puede surgir una desventaja, encontrarse con que esa imagen no coincide con la actual y sentirse decepcionado o por el contrario satisfecho.
     Los años han transcurrido con su carga de avatares. La vida ha ido desenrollando su madeja de lana. Tejiendo las historias que luego quedarán en la memoria como testimonio del paso por este mundo.
     Hay quienes temen al paso del tiempo, porque ésto conlleva la pérdida de ciertas «franquicias» visibles, como la tersura de la piel, la elasticidad de los músculos, el color del cabello. Es cierto que no es grato ver esos cambios, lo importante es encontrar los cambios positivos «puertas adentro» del alma, donde está el verdadero ser de cada uno.
     Reforzaré mis palabras con unos versos de Amado Nervo («En paz»), donde habla con la vida y dice: «Cierto, a mis lozanías, va a seguir el invierno, mas tú, no me dijiste que mayo fuese eterno. Hallé sin duda largas las noches de mis penas, mas no me prometiste tú sólo noches buenas; y en cambio tuve algunas santamente serenas. Amé, fui amado, el sol acarició mi faz. ¡Vida nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!»
     Creo que con esto es suficiente para que el tiempo y su paso, no duelan ni molesten.
     Quiero compartir estos pensamientos con ustedes, antes de que me olvide... Hasta la próxima.



Antes de que me olvide




domingo, 3 de abril de 2011

Antes de que me olvide



  • Me gustó este título, porque lo que quiero escribir aquí son recuerdos, anécdotas o sucesos que me han pasado en lo que llevo vivido.


  • En la entrada anterior, conté algo de la escuela relacionado con mi vida. Hoy voy a contar algo que tiene que ver con la profesión que elegí para poder trabajar (la enfermería) y que luego, tomé como algo más que eso, una forma de servir a mis semejantes. Parece medio retórico decirlo así, pero es la verdad.


  • Trabajar con gente en estado de indefensión, es algo complicado. Las personas cuando nos enfermamos nos volvemos vulnerables, necesitamos mucha comprensión de parte de quienes nos atienden en un centro de salud, léase clínica u hospital. Lamentablemente no siempre nos encontramos con gente que se ponga en nuestros zapatos y entienda cuál es la situación que vivimos.


  • Hace unos cuantos años, cuando trabajaba en el hsopital de mi ciudad, en el turno de la noche en la sala de pediatría, me tocó una de esas guardias que yo llamaba favorables, porque mi sala estaba vacía, eso quería decir, obviamente que no había chicos enfermos. Para poder pasar el tiempo de mi horario me fui a la sala de maternidad a colaborar con mis compañeras que sí tenían bastante trabajo. Había cambiado la luna y eso significaba nacimientos en cantidad, créase o no era así.


  • Anduvímos bastante atareadas atendiendo a las mamás en proceso de parto. Cerca de la medianoche, una de las internadas que estaba en observación, comenzó con sus contracciones y dolores. La más joven de las enfermeras del sector fue varias veces a controlarla. La señora le pedía que llamen a su esposo, que estaba trabajando en un taxi durante la noche. La novel enfermera se fastidió ante el pedido reiterado y entró al ofice quejándose de la paciente. Yo no pude entender cuál era el motivo por el que esta chica se enojó y fui a ver qué sucedía. Encontré a la futura madre en un estado desolador, llorando me contó que mi compañera la había tratado mal y que ella solamente quería que llamen a su esposo para estar con él en ese momento tan difícil, el nacimiento de su primer hijo.


  • Le hablé y traté de contenerla prometiéndole que enseguida llamaría a su marido. Me fui al ofice de nuevo solo cuando la vi calmada, desde allí llamé a la central de taxis y pedí que avisaran al número de interno que ella me dio. Entretanto, mi pequeña compañera me miraba con cierto aire de rencor. Claro, yo no pertenecía al servicio y había tomado una decisión por mi cuenta.


  • En silencio le serví una taza de café y le pedí que me escuchara a lo que accedió no de buena gana. No fue fácil explicarle que esa mujer que estaba a punto de ser mamá necesitaba más que nunca comprensión y afecto más que profesionalismo. La llegada del marido interrumpió mi pequeña homilía, pero ayudó a que en la práctica mi compañera viese cómo la paciente cambió su ánimo al estar contenida por la mano de su esposo.


  • El cuadro que vimos juntas hizo que la carita ceñuda de la chica desapareciera dejando paso a un gesto de inocultable ternura y emoción.


  • Son muchas las anécdotas de este tipo que he vivido, están en un libro de relatos en el que no pude plasmarlas todas, por eso traje esta inédita para contárselas, antes de que me olvide... Hasta la próxima.