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Me gustó este título, porque lo que quiero escribir aquí son recuerdos, anécdotas o sucesos que me han pasado en lo que llevo vivido.
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En la entrada anterior, conté algo de la escuela relacionado con mi vida. Hoy voy a contar algo que tiene que ver con la profesión que elegí para poder trabajar (la enfermería) y que luego, tomé como algo más que eso, una forma de servir a mis semejantes. Parece medio retórico decirlo así, pero es la verdad.
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Trabajar con gente en estado de indefensión, es algo complicado. Las personas cuando nos enfermamos nos volvemos vulnerables, necesitamos mucha comprensión de parte de quienes nos atienden en un centro de salud, léase clínica u hospital. Lamentablemente no siempre nos encontramos con gente que se ponga en nuestros zapatos y entienda cuál es la situación que vivimos.
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Hace unos cuantos años, cuando trabajaba en el hsopital de mi ciudad, en el turno de la noche en la sala de pediatría, me tocó una de esas guardias que yo llamaba favorables, porque mi sala estaba vacía, eso quería decir, obviamente que no había chicos enfermos. Para poder pasar el tiempo de mi horario me fui a la sala de maternidad a colaborar con mis compañeras que sí tenían bastante trabajo. Había cambiado la luna y eso significaba nacimientos en cantidad, créase o no era así.
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Anduvímos bastante atareadas atendiendo a las mamás en proceso de parto. Cerca de la medianoche, una de las internadas que estaba en observación, comenzó con sus contracciones y dolores. La más joven de las enfermeras del sector fue varias veces a controlarla. La señora le pedía que llamen a su esposo, que estaba trabajando en un taxi durante la noche. La novel enfermera se fastidió ante el pedido reiterado y entró al ofice quejándose de la paciente. Yo no pude entender cuál era el motivo por el que esta chica se enojó y fui a ver qué sucedía. Encontré a la futura madre en un estado desolador, llorando me contó que mi compañera la había tratado mal y que ella solamente quería que llamen a su esposo para estar con él en ese momento tan difícil, el nacimiento de su primer hijo.
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Le hablé y traté de contenerla prometiéndole que enseguida llamaría a su marido. Me fui al ofice de nuevo solo cuando la vi calmada, desde allí llamé a la central de taxis y pedí que avisaran al número de interno que ella me dio. Entretanto, mi pequeña compañera me miraba con cierto aire de rencor. Claro, yo no pertenecía al servicio y había tomado una decisión por mi cuenta.
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En silencio le serví una taza de café y le pedí que me escuchara a lo que accedió no de buena gana. No fue fácil explicarle que esa mujer que estaba a punto de ser mamá necesitaba más que nunca comprensión y afecto más que profesionalismo. La llegada del marido interrumpió mi pequeña homilía, pero ayudó a que en la práctica mi compañera viese cómo la paciente cambió su ánimo al estar contenida por la mano de su esposo.
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El cuadro que vimos juntas hizo que la carita ceñuda de la chica desapareciera dejando paso a un gesto de inocultable ternura y emoción.
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Son muchas las anécdotas de este tipo que he vivido, están en un libro de relatos en el que no pude plasmarlas todas, por eso traje esta inédita para contárselas, antes de que me olvide... Hasta la próxima.
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La idea de este blog es escribir lo que se me ocurra, porque tengo ese trabajo como objetivo de vida. Escribir, sobre todas las cosas que veo, recuerdo, pienso, siento y hago. Quiero que todo eso pueda ser compartido con otra gente, y si le gusta lo que escribo, me daré por satisfecha.
domingo, 3 de abril de 2011
Antes de que me olvide
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1 comentario:
¡Cuantos recuerdos tan bien guardados! Genial entonces el título: ANTES QUE ME OLVIDE..¡Aquí además de guardados para siempre los compartís con quienes te leemos!
Un abrazo
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